Así titulaba este periódico un artículo en el que daba cuenta del encuentro de escritores españoles y marroquíes celebrado el pasado 29 de abril en la sede de Casa Mediterráneo, en Alicante, organizado brillantemente por el cónsul general del Reino de Marruecos en Valencia, Said Drissi El Bouzaidi, cuya presencia constante a lo largo de toda la jornada y la posterior comida ofrecida a los participantes en el Club de Regatas de la ciudad constituyeron una muestra más de su compromiso con este tipo de iniciativas de acercamiento cultural entre ambas orillas.
El resultado no pudo ser más positivo y brillante. Un numeroso público siguió con atención las cuatro mesas de debate desarrolladas entre las 9:30 y las 14:30 horas, pese a tratarse de un horario poco propicio por motivos laborales. Sin embargo, el interés despertado por el encuentro demostró que existe una necesidad real de espacios donde el diálogo cultural pueda ejercerse con serenidad, profundidad y espíritu de entendimiento.
Y es que la llamada diplomacia cultural se ha consolidado en las últimas décadas como una herramienta esencial en las relaciones internacionales, especialmente en contextos donde la historia, la geografía y la sensibilidad social entrelazan a distintos pueblos. Más allá de los acuerdos políticos o económicos, la diplomacia cultural actúa en un plano más profundo y duradero: el de las ideas, las emociones y las identidades compartidas.
Este concepto hace referencia al conjunto de iniciativas —institucionales o independientes— que utilizan la cultura como puente de entendimiento entre sociedades. La literatura, el arte, la música, la lengua o el pensamiento se convierten así en vehículos capaces de generar diálogo allí donde otros lenguajes resultan insuficientes. La diplomacia cultural no pretende imponer relatos ni uniformar visiones, sino propiciar espacios de intercambio donde las diferencias dejen de percibirse como amenazas y puedan convertirse en oportunidades de enriquecimiento mutuo.
En el ámbito hispano-marroquí, esta forma de diplomacia adquiere un valor singular. La cercanía geográfica entre España y Marruecos, unida a siglos de historia compartida —a veces compleja, a veces fecunda—, configura un terreno especialmente propicio para el encuentro cultural. Iniciativas como estos encuentros de escritores, donde la palabra se transforma en territorio común, ejemplifican cómo la creación literaria puede funcionar como una forma de diálogo capaz de trascender fronteras políticas, prejuicios y estereotipos.
La cultura posee además una virtud que raramente alcanzan otros ámbitos: la de humanizar al otro. Leer a un escritor marroquí o español, escuchar sus inquietudes, sus recuerdos o sus esperanzas, permite descubrir zonas comunes que la política o los discursos simplificadores suelen ignorar. Por eso, en un tiempo marcado por tensiones identitarias y relatos excluyentes, apostar por la cultura como espacio de mediación constituye, en sí mismo, un acto de responsabilidad y también de esperanza.
En ese entramado de relaciones discretas pero decisivas, los medios de comunicación y quienes los impulsan desempeñan un papel fundamental, aunque a menudo poco visible. No solo informan: interpretan, conectan y, en muchas ocasiones, anticipan formas de entendimiento entre comunidades vecinas.
En este contexto de intercambios y miradas compartidas, no puedo dejar de evocar mi amistad con el director de este periódico, Abdeslam Reddam, a quien conocí en sus inicios como colaborador de Les Nouvelles du Nord, impulsado por Jamal Amiar. Aquel proyecto periodístico destacaba ya entonces por su carácter novedoso, tanto en la elección de sus contenidos como en la diversidad y calidad de sus colaboradores, configurándose como un espacio abierto y atento a las transformaciones sociales y culturales del norte de Marruecos.
En aquel entorno, Abdeslam Reddam se perfilaba ya como un periodista moderno, consciente de la complejidad de su tiempo y comprometido con una escritura que trascendía la mera información. Su manera de abordar los temas —desde los más cotidianos hasta los más sensibles— revelaba una sensibilidad poco común y una profundidad que situaban siempre al lector en el centro del relato.
Hoy, al frente de La Dépêche, esa misma vocación se proyecta con mayor alcance y madurez, confirmando que el verdadero periodismo, al igual que la diplomacia cultural, no consiste únicamente en narrar la realidad, sino también en interpretarla con honestidad y abrir espacios de comprensión entre orillas que, aunque próximas geográficamente, todavía necesitan seguir escuchándose mutuamente.
Porque, al fin y al cabo, la cultura y el periodismo comparten una misma misión: acercar a las personas allí donde otros prefieren levantar fronteras.
Carlos Sanchez Tarrago

























