Mustafa Akalay Nasser

No puedo parar que ahora he tomado carrerilla escribiendo, tengo que seguir no hay que romper el ritmo, hoy toca hilar una historia sobre Portugal, país que me es cercano por varias razones: debo tener un  gen por allí trasmitido a lo mejor por algún pariente lejano tangerino-luso de la edad media, ya que mi ciudad natal Tánger fue dos veces plaza lusitana, y lo más trascendente en el presente, es que me enamoré de Andrea, una morenaza muy salada de Oporto que se parece un montón a esas musas u odaliscas que describía en sus novelas Miguel Torga: delantera imponente, trasero ataifor, pelo recogido y sonrisa dulce.

Nos hemos conocido no hace mucho en este mes caluroso de agosto con ocasión de su visita a Fez en compañía de una caravana de amor bajarse al moro liderada por la anfitriona Lulú Mariza.

Me hizo guiños mientras paseábamos por uno de los mejores arriates o Riads-(casa huésped)- de esta capital espiritual. En un rincón recóndito al hacernos un sensual selfie se me declaro metafóricamente al decirme al oído eres como el vino añejo de barrica que quiero degustar en una noche de desenfreno y pasión carnal.

Son amores platónicos que surgen del anonimato, etéreos y puros, amores de adolescentes que aparecen al hervor del calor veraniego y no llegan a consumarse pero hay goce u orgasmo. Estos sentimientos disimulados se manifiestan por medio de estímulos ligados a experiencias de disfrute sensual, que el Choukri chileno Jorge Tellier poeta de grandes quilates y memoria prodigiosa, que los excesos de la bebida nos arrebataron, retrata magníficamente en este poema despedida que os dejo leer en voz alta como aconsejaba el escritor Michel Butor.

Me despido de mi mano 
que pudo mostrar el paso del rayo 
o la quietud de las piedras 
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas 
me despido del papel blanco y de la tinta azul 
de donde surgían los ríos perezosos, 
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos 
en quienes más he confiado: 
los conejos y las polillas, 
las nubes harapientas del verano, 
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

No sólo de amores triviales o banales vive la ilusión. Si la suerte es favorable, a la medina de Fez, llegarán este estío las célibes portuguesas Andrea, Dulce, Cesárea, Fátima y Mariza, para crear a mi lado, con sus entonaciones chispeantes y el exótico vestido o pareo liviano, el sueño de tierras lusas y de heréticas prácticas siempre bien venidas. Cada encuentro está lleno de posibilidades infinitas ¿No hay una misteriosa invitación del destino en esos ojos negros, en los dorados broches de esa cabellera recogida Y, en mi portugués rudimentario, procuraré entablar una conversación esforzada, sembrada de mímicas y sonrisas, agüero de las mejores perspectivas sensuales. La aventura está aquí, en sus mil aspectos, a la vuelta de cada esquina de la puebla vieja de Fez, este mes de agosto donde el sol canicular arremete con toda su fuerza. Pero que cunda el amor entre personas como lo recomienda el sufí Mohyidin Ibn el Arabi Al Mursi “El Murciano” en su poema u oda “Mi religión es el amor”:

“Hubo un tiempo, 
en el que rechazaba a mi prójimo 
si su fe no era la mía. 
Ahora mi corazón es capaz 
de adoptar todas las formas: 
es un prado para las gacelas 
y un claustro para los monjes cristianos, 
templo para los ídolos 
y la Kaaba para los peregrinos, 
es recipiente para las tablas de la Torá 
y los versos del Corán. 
Porque mi religión es el amor. 
Da igual, 
a dónde vaya la caravana del amor, 
su camino es la senda de mi fe.”

El cuelgue o flechazo fue tal que me ha dejado tocado durante días enteros, no hacía que pensar en ella y el deseo de tenerla a mi lado fue creciendo. Con el paso del tiempo tuve que razonar y volver a mi realidad de solitario empedernido y de recluido a lo Bowles en mi atalaya fassi escoltado por mis libros y cuadros, sumido en una paz interior extraordinaria al retomar mi rutina diaria de ponerme delante de mi ordenador, escribir, escuchar música, un ritual que se repite en este mes de agosto religiosamente. Recapacitar y salir de esta euforia amorosa olvidándose y curándose de ese amor velado. La relación amorosa, conlleva una entrega total, arrastra a los enamorados a la necesidad de posesión. Mientras tanto para apaciguar esas ganas de tenerla en mi lecho, escribo mientras escucho la diva Amalia Rodríguez cantando un amor en Aranjuez, yo diría “amor sem Fez».

Él enganche con Andrea fue de órdago, tal que el amor prendió durante nuestras caminatas por la medina y el parque Jnan Sbil y preso de su imagen me improvise en poeta al estilo del panameño Carlos Eleta Almarán, autor de la canción “historia de un gran amor”, que habla del sufrimiento de un hombre, luego de la partida de su gran amor, para curarme en salud no me quedo más remedio que componer un poema cortés titulado: Ay! Andrea. Si te pillo.

Mujer morena

Que viene del vecino Portugal

Andar firme

Ojos negros

Color azabache

Mirada escrutante

Gesto de actriz

Sonrisa rojo rubi

Gracias por ese cariño

Dime que es lo que tienes de especial

Mira que mi alma fluye.

No me dejes en mi soledad conventual

Me has embrujado con tu mirada y dulce acento

Voy a aprender a pasos forzados el portugués

Para hablarte en tu cantarina lengua

Y declararte mi amor loco por ti Andrea.

Mañana voy a tu búsqueda a oporto.

“Perderemos la conciencia del cuerpo y, al hacerlo, ganaremos la conciencia pura de nuestra alma y de las almas que coexisten con ella”, escribe Pessoa en El mendigo.

En el amor no todo es sexo es también deseo sensual que tiene que ver con los sentimientos, con lo profundo del alma, lo que va más allá del mero aspecto físico. Para George Bataille, el fin de la relación erótica es «alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento».

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince tratando de erotismo y violencia en su novela fragmentos de amor furtivo compara la relación amorosa con la guerra; el pene se convierte en «arma», «daga», «cuchillo de acero». Sin embargo, en las primeras batallas eróticas, el «soldadito de plomo» de Rodrigo «se derretía, se acobardaba, huía, se hundía en su trinchera», por lo que Susana recurre a la estrategia de la sugestión a través de la palabra: «Así empezó a hablar Susana. Se puso a hablar sin parar, a dejar salir un flujo interminable de sus labios y garganta. Como una culebrera, como una vendedora de pomadas, como una encantadora de serpientes» para salir vencedora, para dominar al varón, para someterlo a sus caprichos. (Carmen. Virginia Carillo, 2014).

“El sexo según el escritor antiqueño Héctor Abad es mucho menos importante de lo que la gente cree. Hay que grabarse esto en la cabeza para que dejen de manipularnos tanto con el sexo. Por ejemplo a los hombres, en los noticieros, en las revistas, nos manipulan con el sexo: nos ponen una mujer piernona o dotadísima de pecho y los hombres (por un programa biológico antiquísimo que empieza a correr solo) creemos que las bobadas que ellas dicen son genialidades. Hay que tener presente eso para que no nos traguemos el cuento. Si no nos damos cuenta de que el sexo es también una bobada (y sólo a ratos una maravilla) el mundo moderno nos va a embobar con tanto sexo. Hay que quitarle su aire de pecado, claro, pero en la liberación no podemos quedarnos ahí anclados a nuestra biología como unos autómatas porque eso idiotiza.” (Entrevista para semana, 1998)

Siempre he pensado que el coito, la penetración es un acto animal en otros términos es un acto violento sino que se lo pregunten a las mujeres de Morolondia, la noche de boda antes de perder su virginidad el pavor que pasan y el trauma que interiorizan todo el resto de sus vidas, a las pobres mujeres las compadezco .

Sentado en un banco del campo del príncipe en el barrio del realejo de Granada; mientras estaba enfrascado en la lectura de la vida sexual de Catherine Millet, uno de los libros eróticos más influyentes y decisivos de los últimos años, un best-seller francés traducido a 45 lenguas y con tres millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Sonó a todo volumen de los altavoces del bar Altramuces, la canción del cantautor Carlos Cano “María la portuguesa”: oda para una mujer invisible.

En las noches de luna y clavel, 
De Ayamonte hasta Villareal, 
Sin rumbo por el río, entre suspiros, 
Una canción viene y va. 
Que la canta maría 
Al querer de un andaluz. 
María es la alegría 
Y es la agonía 
Que tiene el sur.

Que conoció a ese hombre 
En una noche de vino verde y calor 
Y entre palma y fandango 
La fue enredando, le trastornó el corazón. 
Y en las playas de isla 
Se perdieron los dos, 
Donde rompen las olas, besó su boca 
Y se entregó.

¡Ay, maría la portuguesa! 
Desde Ayamonte hasta Faro 
Por un amor desgraciado, 
Por eso canta, por eso pena.

¡Fado! Porque me faltan sus ojos. 
¡Fado! Porque me falta su boca.

La canción “María la portuguesa», era un homenaje que rindió Carlos Cano a una mujer anónima Aurora Murta, una madre coraje de nacionalidad española y no portuguesa, contrabandista de marisco como el que fuera su amante Juan Flores más joven que ella, con el que vivió un bonito romance inspirado en la famosa novela del escritor húngaro Stephen Vizinczey “En brazos de la mujer madura» desafiando todos los prejuicios y las convenciones sociales. Este amor idílico entre los dos fue truncado al abatir los guardas costas lusos al pescador furtivo Juan Flores cuando llevaba cajas de cigalas y langostinos por la ría ,quedando desamparado en territorio portugués, y con la sola compañía de Aurora su pareja, que velo por su cuerpo en el tanatorio. Juan Flores tenía treinta y cinco años y ella más de sesenta. La relación entre ellos era un amor contra el tiempo por saltarse uno de los prejuicios más firmemente instalados en la sociedad que una mujer no puede enamorarse de un hombre más joven que ella.

“Puesto que el amor es un atisbo sentimental de la eternidad, uno no puede menos que imaginar que el verdadero amor ha de durar siempre. Y cuando se acaba, como se acababa siempre mi amor, no podía sustraerme a un sentimiento de culpabilidad por mi incapacidad de sentir emociones auténticas y perdurables.” (Pág. 124) (Stephen Vizinczey ,1965).