Farid Othman-Bentria Ramos

Tánger tiene la fortuna, el don o el destino de sobrevivir a sí misma. Así ha sido siempre, desde hace más de tres mil años, a pesar de bombardeos, invasiones, mitos, malos gestores, crisis económicas o la peor y más longeva de las actuales amenazas, el síndrome de la “edad de oro”.

Este síndrome, molesto donde los haya en el caso tangerino, implica pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, al punto de negar el presente y, por tanto, la construcción positiva del futuro. Nada es perfecto y ningún momento histórico está libre de mácula, si preguntamos a los amigos nos hablarán de tiempos mejores, si preguntamos a nuestros padres sobre los tiempos de nuestros amigos ellos nos hablarán a su vez de tiempos mejores, si preguntamos a nuestros abuelos sobre los tiempos de nuestros padres ellos también nos hablarán de tiempos mejores y así, en un impulso casi endémico, podríamos llegar (si pudiéramos preguntar a los ausentes) hasta la prehistoria, en la que seguro algún coetáneo nos aseguraría que las Grutas de Hércules, símbolo indeleble de la ciudad y su entorno, eran más bellas antes de que las empezaran a explotar con fines comerciales extrayendo de ellas sus conocidas ruedas de piedra, “van a acabar con el modo de vida de Tánger”, apostillarían, y esa frase nossuena demasiado. Todas las ciudades cambian y en su cambio está la posibilidad de adaptarse al medio y continuar su historia, parte de lo mejor de ellas se pierde o se transforma, pero también mejora, algunas cosas nuevas llegan y en la manera en la que la capital del Estrecho ha gestionado esos cambios a lo largo de su historia está el secreto que hace que sea una de las ciudades más antiguas del mundo siempre habitadas. No querer que cambie no es solo desconocer su historia, es no dejarla evolucionar, adaptarse a los tiempos y, por tanto, sobrevivir. Mal manera de querer a Tánger es quitarle su don para la supervivencia.

Hay que ser críticos, de hecho hemos de ser críticos, y es bueno defender las esencias y la historia de nuestra ciudad y cultura, tan únicas, pero para defender nuestra identidad primero hemos de conocerla y parece que la tendencia desde hace décadas es más la crítica negativa basada en una nostalgia idealizada y que observa sin participar, que la curiosidad pedagógica, la formación continua, la acción directa y, finalmente, la lealtad a unos valores basados en la creatividad en las artes y lo intercultural en lo social. La base del orgullo tangerino es el progreso y no el miedo, nuestra mayor tradición es la vanguardia y así debe seguir siendo. Si quieres a Tánger, si de verdad lo haces, sal de tu zona de confort y actúa.

En estos días en los que Tánger cambia su piel casi cada semana, se crea la incertidumbre en torno a cómo no perder lo que somos, en torno a no renunciar a lo que es y ha sido la ciudad mundo, la eterna interzona. Ya en el siglo I, hay testimonios que hablan del cosmopolitismo de Tánger y del dominio de sus habitantes de diferentes lenguas, que se escuchaban, a veces, al mismo tiempo. Ese cosmopolitismo ha sido un elemento permanente en nuestra realidad, permanente que no inmutable. Las rutas orientales, los acuerdos comerciales o políticos, las rutas migratorias o todo lo que conllevo el Estatuto Internacional, han hecho que ese cosmopolitismo permanezca, varíe, continúe. Ante los que dicen que Tánger ya no es cosmopolita decirles que quizá lo sea más que nunca, lo que ha variado son los porcentajes, si a mediados del siglo XX la población la componían principalmente locales y europeos, hoy encontramos locales, asiáticos, subsaharianos y un porcentaje menor de europeos, pero esto también es cosmopolitismo. En cada explosión demográfica de la ciudad (y ha habido varias) se repite la misma historia, la incertidumbre se centra en la desconfianza en la gestión urbanística, la fiabilidad de los grandes proyectos, la afinidad con los nuevos ciudadanos y, finalmente, el miedo a perder un modo único de sentir y ver la vida. Así se atestigua, por ejemplo, en un descarado y actual artículo del periódico tangerino “El Porvenir” de 1.923, que tras hacer hincapié en la incertidumbre antes detallada (urbanismo, grandes proyectos, nuevos habitantes) hace una crítica del futuro inmediato que “destruiría el abierto y cosmopolita modo de vida de los tangerinos”: la aprobación del Estatuto Internacional de Tánger.

En definitiva, Tánger nunca fue Tánger, Tánger es y así debe seguir siendo. Nuestra responsabilidad con ella es demasiado grande como para no apoyarnos en su historia para construir un mejor y leal futuro. Empecemos por vivir el presente, tanjawa, el orgullo empieza hoy.