En un abrir y cerrar de ojos el mundo cambió y casi va camino a paralizarse. Los políticos, estrechos de miras y confiados sin razón, no midieron las consecuencias y el artefacto les explosionó en la cara, y ahora ni siquiera saben cómo ni cuándo se podrá salir de este charco del Coronavirus.
El mundo está viviendo una situación extraña que la recordaremos durante muchos años. Da la sensación que estamos viendo una película cuyo guión fue bordado a la perfección, los personajes muy bien imaginados y que los acontecimientos ocurren en sitios muy lejanos. Pero la realidad es que ocurren en todos los sitios y que nos toca a nosotros también vivirlos. El mundo ya no es lo que era. Nueva York, la ciudad que nunca duerme está dormida ahora, Disney, el lugar más feliz de la tierra está triste y cuando antes se decía que todos los caminos llevaban a Roma, nadie quiere ir allí . Y todo eso por culpa de un virus invisible que se está adueñando del mundo, y nosotros, los grandes y soberbios seres humanos, empezamos, por fin, a endender que somos frágiles y vulnerables. Ya no podemos saludar de beso, ni de mano ni abrazarnos, porque el contacto físico es contagioso y la gente lo evita porque le aterran las malas noticias de cómo crecen los contagios y las muertes en todo el mundo y en todo momento. Los individuos tienen derecho a asustarse y temer morir porque aún sueñan con una vida mejor y feliz. Alguien dijo una vez que “el miedo a la muerte viene del miedo a la vida”, y creo que tenía razón. Algunos descarados presumen de que están a salvo porque el Covid-19 mata sólo a los ancianos como si ninguno de ellos tuviera padres o abuelos. Vaya desvergüenza!
“No sabes lo que tienes hasta que no lo tienes”. Hemos oído esta frase un montón de veces y quizás sea el momento de recordarla para pensar en lo fantástico que era salir a pasear, quedar con los amigos a tomar algo, ir al supermercado y comprar papel higiénico que hasta hace poco era lo habitual. Este parón en nuestras vidas nos hará reflexionar de qué no somos lo que creemos que somos, nos complicamos mucho la vida y de qué las pequeñas cosas ordinarias son extraordinarias.
Dejemos de buscar culpables, no es el momento ya. Las cosas son como son. Ni es culpa de los chinos que comen murciélagos ni de los líderes maquiavelicos que buscan sacar provecho del colapso mundial. Es momento de responsabilidad y solidaridad, y nosotros, los que no somos expertos, tenemos que hacer caso a los expertos y fiarnos de los epidemiólogos y sanitarios que están arriesgando sus vidas para salvar otras vidas.
Encerrarse en casa sin poder salir fuera, donde tampoco hay vida, es algo aburrido y agobiante, pero a otros les ha cogido el confinamiento fuera del país, y muchas personas viven solas sin familia. A veces lo malo es fantástico comparado con lo muy malo. Esta pandemia deshumaniza a la víctima y a su familia, por eso nos tenemos que quedar en casa para no contribuir a más sufrimiento y dolor.
En Marruecos la pandemia despertó una conexión enorme entre el pueblo y las autoridades que ambos dejaron claro que pueden entenderse mejor y unirse en los momentos duros. La catástrofe demostró también que las instituciones funcionan bien y que la solidaridad para los marroquíes es algo innato.
El gobierno debería por su parte, después de que acabe esto y ojalá sea pronto, a sentarse y ser honrado consigo mismo e iniciar las verdaderas reformas del sector sanitario, social y el de la enseñanza. De no ser así, estaríamos condenados a revivir todo este sufrimiento.